La palabra vale más que mil imágenes
 |
Sesión con inmigrantes recién arribados a Barcelona. |
Por Orlando Ríos
Maestro y voluntario de ESF
Estando lejos de mi país he conocido más sobre él, comprendido y proyectado al pueblo que me vio nacer; me he sentido más orgulloso de ser zoogochense y zapoteca. Pero también el conocer Barcelona (España) ha sido una gran experiencia; entre otras cosas he trabajado con niños europeos dando talleres y una de las experiencias que no olvidaré en mi vida es la que hoy comparto con ustedes.
Bajando de los cayucos
Los titulares de los diarios españoles, en estas fechas regularmente rezan “Inmigrantes y/o Cayucos en nuestras costas”, algunos más trágicos que aumentan el descontento de la gente, a unos porque ya no quieren que lleguen a “arrebatarles sus trabajos” y a otros porque saben que el trato que reciben los inmigrantes es lamentable. Sin embargo siguen llegando.
¿Por qué salen?, ¿por qué salimos?. Entre las teorías más aceptadas del por qué se sale son: la del efecto llamada, que es la falsa ilusión creyendo que en los países de destino se tiene automáticamente, por el hecho de estar ahí, una mejor calidad de vida o que se “recogen” los euros o dólares a costales; por la situación estructural del propio país que obliga a salir de él para sobrevivir; y la tercera teoría más aceptada es porque hay un efecto push and pull.
Cualquiera que sea el caso, bajar del cayuco en España o cruzar nadando el río Bravo, representa un gran reto, no sólo está entre ser “regular - irregular” o “legal - ilegal”, es también superar el reto de cómo me ven ellos a mí y cómo los veo a ellos, es comprender lo que los otros dicen y la gran necesidad de poder comunicarme con ellos y que exista el respeto recíproco.
Sólo conocía de ellos lo que me permitían mis prejuicios
Trabajando en Educación Sin Fronteras (ESF), se gestaba el proyecto de acercamiento de inmigrantes a la lengua castellana, el cual se me hizo muy interesante por lo que opté participar en él. El trabajo consistía en eso, acercar a refugiados e inmigrantes a la lengua castellana; eran captados por la Asociación Comisión Católica Española de Migraciones (ACCEM) y acogían a personas venidas de África, regularmente varones y cuyas edades oscilan entre los 17 y 26 años.
Contaba con experiencia docente ante niños mixtecos; pero aún así me preveían que el trabajo era arduo, era otra lengua/lenguas, otras culturas, otras personas. Los estereotipos y prejuicios que me habían ayudado a construir los medios de comunicación, eran lo único que ‘conocía’ de ellos.
El proyecto empezó a ejecutarse con personas que provenían de diferentes países de África: Burkina Faso, Nigeria, Guinea-Bisáu, Mauritania, Sierra Leona, Etiopía, República del Congo y Gambia, principalmente.
Gran sorpresa me llevé, cuando en frases a medio estructurar en francés, portugués o inglés les preguntaba qué lenguas hablaban; la sorpresa fue aún más grande pues todos eran bilingües, otros trilingües y algunos políglotas.
Las lenguas africanas que hablan son principalmente: bantú, manté, bereber, suahili, hausa y yoru; así también hablan las lenguas de sus ‘dominantes’: francés, inglés o portugués, dependiendo de la historia del país del que sean. Del castellano no tienen conocimiento, su primer contacto es al subirse al cayuco, donde aprenden las primeras palabras, regularmente agresiones cuando son aprehendidos por la guardia civil española.
Nosotros, como ONG, hacemos un acercamiento a la lengua castellana, enseñando lo básico para enfrentarse a los retos de la vida cotidiana: cómo preguntar el nombre de una calle (“carrer” en
catalán), cómo llegar a una estación de metro, cómo llegar a un determinado punto de la ciudad o del país, los números y la moneda entre otras cosas.
Después de quince sesiones de dos horas, cada uno de ellos emprende una nueva etapa en su vida, ya sea trabajando como irregular en alguna fábrica o en los campos, sufriendo los embates cotidianos.
Mismas historias, situaciones diferentes
Venir de un país con problemas estructurales representa siempre una gran dificultad de aceptación, es lo que ocurre con los inmigrantes de África que llegan a las costas españolas diariamente. Ante los ojos de los medios de comunicación, el perfil del inmigrante es siempre el mismo: una persona no educada, no preparada, un bárbaro, un simple o desgraciado negro. Estando en relación con el otro es la única forma de poder conocerlo y que nos conozca, es la única forma para que exista ese respeto mutuo.
Las historias casi siempre son así: Mamadou, de Burkina Faso, es un chico que culminó su licenciatura en informática en su país. La muerte de su padre lo empujó, a sus veinticinco años, a buscar nuevos horizontes para poder velar por la vida de sus hermanos menores y sus abuelos, en estado crítico de salud; de su madre omitió referencia alguna.
Mamadou es uno de los pocos privilegiados, ha concluido la licenciatura, está alfabetizado en su lengua, habla un buen francés, tiene el hábito de leer y la incesante inquietud de aprender el castellano. Aprende muy rápido. Tiene cuarenta y nueve días de no poder comunicarse con sus familiares, la incertidumbre lo asecha por no saber cuántos más pasarán para que sus hermanos puedan seguir una vida “normal” en su país, el mismo tiempo que a él le llevará conseguir trabajo. Han pasado veinte días más; se marchará a trabajar en la construcción en Girona, de ahí pasarán otros días más para que pueda tener unos euros para enviar a su familia. Mientras, seguirá durmiendo en los pisos ‘calientes’ o en el parque, cuidándose de la policía, soportando las miradas de las personas que ven en el inmigrante una amenaza porque, según ellas, se está llevando lo que les corresponde.
Ibrahima es un chico de escasamente 19 años, aparenta más, ha vivido en los mercados de Mauritania desde que su madre murió y su padre se llevó a casa a otra mujer. No está alfabetizado en su lengua, sólo la habla; su francés es limitado, le cuesta mucho trabajo comprender el castellano, se desespera pero sus ganas de aprender y de quedarse en Barcelona o en Madrid lo motivan a seguir.
Ibrahima lleva más días sin ver a los hermanos menores, de su padre no quiere saber nada, sueña que sus hermanos vayan a la escuela y aprendan el francés. Tiene una deuda que no sabe cuándo terminará de cubrir, vino con la ilusión de poder encontrar a su hermano mayor, que salió ya hace dos años de su país y nunca recibieron noticias de él. Ibrahima ha pasado ya cincuenta días sin saber cómo están sus hermanos, ya siente una angustia de no saber dónde puede encontrar un trabajo, mientras sigue repasando las frases para enfrentarse al mundo español.
Un zapoteca intentando comprender
Para mí, sin tan afortunada formación en lenguas, la relación con los chicos inmigrantes se dificultaba en las primeras sesiones ya que en ellas encontraba a chicos que hablaban el inglés, francés o portugués. Yo sólo sabía presentarme en inglés, terminé aprendiendo mucho de ellos, conocí otras culturas a través de ellos. En fin, fue muy gratificante haber tenido la oportunidad de estar con ellos y, sobre todo, hacer lo que me gusta, trabajar con los sectores más vulnerables y así colaborar en la construcción de un mundo más justo.
Como dijo Ernesto de la Serna: “seamos capaces de sentir cualquier injusticia cometida ante cualquiera en cualquier parte del mundo”.
|